Era una noche de diciembre de 1978 en la que la luna llena parecía que brillaba más nunca; María, una joven muy bella y coqueta que estaba en el esplendor de sus dieciocho años, le encantaba divertirse y coquetear a todos los muchachos del pueblo, pero no salía con ninguno, porque en ninguno de ellos había encontrado lo que buscaba; iba de fiesta en fiesta, quería comerse el mundo. Había concurrido a la celebración de graduación de todos sus compañeros de curso, en la fiesta reparó en un joven con un mirada negra intensa que le desvestía el alma, el mismo que se había mantenido cauteloso en la esquina de la sala sin prestar más atención que a su belleza.
El joven nunca conversó con nadie, estaba expectante, como un cazador en busca de alguna presa, nunca se dudó de que el hombre sabía lo que buscaba , lo que su alma, su cuerpo y su corazón necesitaba, y parece que tenía muy claro qué y cómo debía hacerlo para seducirla y ella también parecía que buscaba a un “macho Alfa” que haga su vida divertida que no sea dependiente de nada ni de nadie que le lleve a una burbuja de amor solo creada para los dos. Y la atracción estaba dada, esa semejante a la atracción del astro sol por la tierra.
Caminó hacia el bar y apoyado en la barra bebió un trago, la miró con deseo con sus ojos seductores, con aquella mirada que decía ¡ven devórame!, y tras asegurarse de que no había mal interpretado las señales, se acercó.
¿Puedo invitarte a bailar?
¿Te enseño o me enseñas? Respondió ella, con decisión como si fuera una experta, dejándole a él fuera de juego.
Como tú…gustes…… respondió él sin terminar de creerse que fuera a resultar tan increíblemente sencillo acercase a ella. Así bailaron toda la noche, nunca se soltaron, como si el salón solo hubiera estado preparado solo para ellos dos.
Ella sentía morir en sus brazos en los que había encontrado lo que siempre buscó la seguridad la protección, el dominio, la opresión, y la victoria.
Cuando la celebración terminó, María salió de la fiesta acompañada con su chambelán que era un amigo muy querido y le dejó en la puerta de su casa. María ingresó a su recámara que daba al patio posterior de la casa, era tal su cansancio y lo que su alma había experimentado por vez primera, que se quedó encima de su cama sin siquiera haberse cambiado de ropa, cuando era más o menos como las dos de la mañana sin haber conseguido cerrar sus ojos por aquel sentimiento casi perverso y angelical, diabólico y celestial.
Y de pronto, sintió como en su ventana golpeteaba como si algún pájaro picoteara contra el vidrio; era una noche intensa de luna llena, María no podía quitar el sentir de aquella mirada intensa que le hacía sentir maripositas en su estómago, se levantó cautelosamente y no divisó a nadie, de pronto sintió la necesidad de respirar una brisa suave, por lo que dejó la ventana abierta y vio parado allí junto a su ventana a aquel hombre que le había inquietado tanto en la fiesta. Él sin esperar a que ella le invitara, ingresó en su habitación, le tomó por la cintura y ella sin temores ni pudores se dejó llevar por la pasión arrolladora del momento, que le hizo conocer el amor por vez primera con vehemencia
Sus manos de él, incontroladas acariciaban la silueta de María, sus labios impacientes empezaron a descender por su cuerpo, mientras ella, de espaldas a él, había perdido el control de su sentir. Él la tomó de sus manos y las alzó hasta mantenerlas inmóviles contra la pared mientras seguía recorriéndola con su boca, que era como una antorcha encendida con la necesidad de saciar su sed; él, con sus manos ansiosas seguía recorriendo cada espacio de su delicado cuerpo, ella solo podía sentir la fuerza y el vigor de su hombría, que erecta, luchaba por salir de su escondrijo para hundirse en sus entrañas.
Ella sintió que se humedecía y que deseaba sentirle con todas sus fuerzas dentro de su cuerpo. Había llegado el momento, lo sabía.
Con sus varoniles manos perdidas en algún punto de su delicado cuerpo, llegaron hasta la cama dejando un reguero de ropa. Sumidos en una vorágine de pasión y locura, él colocó su cuerpo sobre el de ella, y cabalgó con ímpetu durante varios minutos sobre sus caderas; sudorosos, se dejaron llevar por aquel cúmulo de sensaciones. Ella sintió que él se vaciaba por completo, así se amaron con loca pasión hasta casi la mañana del día siguiente.
Pero de pronto, ella no podía creer lo que sus ojos vieron, él se transformó en un pájaro negro inmenso, que volando abandonó su habitación, quedó pálida y absorta, había sido amada como siempre soñó, y quien le amó fue un nahual.
Dicen que le había estado observando con cautela por muchos días, ya que los lugareños aseguran haber visto un pájaro negro parado por algunas semanas en un samán que había en el patio de la casa de María. Se dice que quedó embarazada y que desapareció como por obra de magia; desde entonces en el pueblo, todas las noches de luna llena se escucha un gemido como de una hiena en celo, por lo que todos los lugareños cierran todas las puertas y ventanas, especialmente cuando tienen hijas jóvenes y solteras.
Nahual o hanualli es una palabra azteca, que significa lo que es mi vestidura o piel , y se refiere a la habilidad del Nahual (animal casi celestial o demoníaco) de transformarse en una criatura mitad hombre, mitad animal (lobo, jaguar, lince, toro, águila, coyote...). Ese vocablo también se refiere a la nigromancia, ocultismo y malicia; un nahual puede tener tantos espíritus que lo protegen, que es capaz de transformarse en el animal que desee.
Asoreth Becsi
imágenes tomadas de la red
Asoreth Becsi
imágenes tomadas de la red



No hay comentarios:
Publicar un comentario